Mateo levantó la mirada hacia mí. Sus ojos estaban llenos de una confusión que ningún niño debería sentir jamás.
“¿Yo era un problema?”, murmuró.
Me ardió el alma.
Antes de que pudiera responder, Rodrigo embistió la puerta con el hombro. La madera crujió.
“¡Mariana, abre ahora mismo!”
Las luces rojas y azules comenzaron a filtrarse por la pequeña ventana del baño. Yo escuché frenos afuera, voces, botas corriendo.
Pero Rodrigo también las escuchó.
Y en vez de huir, se volvió más peligroso.
“Si yo caigo, ustedes no salen de aquí”, dijo.
La cerradura cedió con un chasquido horrible.
La puerta se abrió de golpe.
Y Rodrigo entró con los ojos desorbitados, justo cuando los policías gritaban desde la sala.
Lo que vi en su mano me dejó sin aire, y supe que si alguien no llegaba en ese segundo, Mateo y yo no íbamos a contar la tercera parte.
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Luego vino el twist que terminó de romperme.
Fernanda dijo:
“Todo esto por la casa de tu papá… por el seguro… por la cuenta que ella ni siquiera sabía que tenías.”
Me quedé helada.
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