PARTE 1
“Si se desmayó, fue porque necesitaba aprender a obedecer”, dijo Mariana, como si mi hija no estuviera tirada frente a la puerta con los labios morados.
Yo acababa de volver de un viaje de trabajo a Monterrey. Dejé la maleta caer sobre el piso de la sala y corrí hacia Camila, mi niña de seis años. Estaba hecha bolita, fría, con una marca oscura en la mejilla y el cabello pegado a la frente por el sudor. Apenas respiraba.
—¡Mariana! —grité con la voz rota—. ¿Qué le hiciste?
Mi esposa apareció desde la cocina con un trapo en la mano. Tranquila. Demasiado tranquila.
—Nada grave, Alejandro. Se portó fatal. Le di medicina para que se calmara.
—¿Qué medicina?
—Unas pastillas para la alergia. No exageres. Siempre haces un drama por ella.
Sentí que la sangre se me helaba. Camila era mi mundo. Su mamá, Valeria, había muerto en un choque cuando ella tenía dos años. Durante mucho tiempo fuimos solo ella y yo, hasta que conocí a Mariana en una cafetería de Coyoacán. Dulce, atenta, paciente. La mujer que yo creí que venía a reparar nuestra familia.
Llamé a emergencias con las manos temblando.
—Mi hija está inconsciente. Creo que la drogaron.
Mariana cruzó los brazos.
—Qué vergüenza, Alejandro. Van a pensar que vivimos en una casa de locos.
La ambulancia llegó minutos después. Uno de los paramédicos, un hombre de apellido Torres, entró corriendo, se arrodilló junto a Camila y comenzó a revisarla. Pero cuando levantó la mirada y vio a Mariana, su rostro cambió.
Se puso pálido.
—Señor… —dijo en voz baja—. ¿Esa mujer es su esposa?
—Sí. Mariana Salgado. ¿Por qué?
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